El bosque que nadie creyó
Cariló no tiene fantasmas, pero sí un bosque que existe porque Héctor M. Guerrero no le hizo caso a quien le dijo que estaba enterrando su fortuna en la arena.

En esta nota no hay fantasmas ni casas malditas: esas historias las dejamos para otros pueblos. Lo que hay en Cariló es una historia que, bien contada, da escalofríos de otro tipo, y es verdadera: un bosque entero que existe porque un hombre no le hizo caso a quien le dijo que estaba haciendo un disparate.
Imaginá el lugar antes de que fuera bosque: arena que se mueve con el viento y ni una sombra. Según el Municipio de Pinamar, en 1918 Héctor Manuel Guerrero decidió fijar los médanos de su estancia Charles. Para eso, cuenta Contexto Pinamar, instaló un vivero y empezó a plantar especies traídas de distintas regiones del mundo.

No era un jardín: la fracción de Dos Montes tenía alrededor de 1.700 hectáreas de médanos agrestes, según Contexto Pinamar. Para frenar la arena se usaron quinchos hechos con ramas de sauce y álamo, que servían para formar médanos de la altura buscada y reducir el impacto del viento. Las plantaciones avanzaban con carros tirados por ocho caballos y, según la misma fuente, llegaron a incorporar entre 400.000 y 500.000 árboles por año.

Y acá viene la parte que da un escalofrío. La Nación contó en 1999 que en 1918 muy pocos confiaban en que la epopeya terminaría bien, y que alguien muy cercano a Guerrero llegó a decirle: «Estás enterrando tu fortuna en la arena». Una advertencia nada fantasmal, pero que tenía su peso: el campo era de dunas.
No le hizo caso. Siempre según esa nota, Guerrero se puso como consigna que en ese paraje «el árbol sería lo más alto y más arriba sólo se verá el sol», y adquirió millones de semillas aquí y en el exterior, que hoy son cipreses, cedros, pinos, limoneros, robles, eucaliptos y araucarias. Acompañado por unos 300 colaboradores, no hizo caso de feriados ni contratiempos, y desde una baliza que se levantaba muy cerca de la orilla vigilaba la marcha de su obra. Le llevó 20 años «construir» ese bosque.
Hoy esa arena es el bosque que conocemos, y su nombre lo dice: Cariló es una palabra mapuche que significa «médano verde», según el Municipio de Pinamar. Por eso decimos que en Cariló no hay fantasmas: lo más misterioso del pueblo está a la vista, hecho de árboles, y se plantó con carros, quinchos y mucha terquedad.

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